viernes, 8 de enero de 2010

Tenía miedo.


Aparentaba más edad de la que tenía, pues su altura destacaba sobre todas las cabezas de los transeúntes y sus gafas oscuras ocultaban sus resplandecientes ojos verde esperanza. Su piel era extremadamente pálida, como si nunca hubiese paseado bajo el sol, pero el secreto de aquella blancura era siempre caminar bajo la sombra de los árboles y en días de tramites casi eternos, llevaba una sombrilla que cubría toda su silueta de los rayos ardientes. No era de muchos amigos, ya que nadie le comprendía cuando hablaba de temas filosóficos. Él pensaba que toda la gente prefería hablar de música, el clima y muchas veces, sólo de cosas que no llevaban a ninguna parte. Cuando alguien le preguntaba algo que consideraba vacío, contestaba con otra pregunta, situación la cual dejaba a su receptor con una duda más grande que la del comienzo de la conversación. En caso de hallar algo sumamente burdo prefería callar y hacer de su silencio la ironía más impactante que se podía demostrar. Era amante de las hojas secas en otoño y eterno lector de cuanto libro encontrara a su paso. Adoraba su soledad, porque prefería estar en paz consigo mismo que buscar empatía entre seres cínicos e incomprensibles. En la calma y acogimiento de su hogar podía hablar con sus familiares con la confianza que no encontraba fuera, podía dialogar por horas con respecto a temas sumamente complejos, por lo cual muchas veces sus parientes le respondían con sólo una sonrisa de no entender con exactitud todo, pero era señal de escuchar con toda la atención del mundo y entrar en esa atmósfera de misterio interminable. Los más cercanos a su entorno lo hallaban un hombre culto y casi un súper héroe por lo valiente que se veía al caminar con su pecho sobresaliente, aunque sólo su familia notaba un miedo que lo aquejaba cada noche. Arriba de su cabecera tenía una lámpara pegada a su pared que colgaba. Dormía con ella encendida toda la noche, para estar siempre alerta. Bajo su almohada guardaba un encendedor y una vela blanca. Efectivamente, le temía de sobremanera a la oscuridad. Argumentaba su pánico diciendo que la noche era traidora, ya que le daba manos vivientes a las ramas de los árboles, que amenazaban con acercarse hasta llegar a sujetarlo del cuello, también decía, que a cada objeto inerte le daba vida y respiración para que al momento de tantear se sintiese perseguido por elementos los cuales lo dejaban paralizado ante la incertidumbre de saber si lo atacarán o no, y por último, planteaba que la oscuridad podía hablarle al oído y decirle que ya no se encontraría en ningún lugar. En resumen, su temor se basaba en no saber en dónde se encontraba y en esperar a que una bestia lo mordiera con brutalidad. Por esos motivos, muchas veces prefería meterse a su cama antes de que el sol se marchara tras la montaña. Encendía su lámpara y se aseguraba de que sus opciones secundarias siguieran bajo la almohada. Cerraba los ojos con fuerza para no abrirlos en medio de la noche y sentir el ruido de un grillo cantándole en la espalda podría ser lo peor que le pudiera pasar en medio de la madrugada. Así pasaba todas las noches, inspeccionando que su cuarto tuviera suficiente luz para no caer a un pozo sin fondo. De cuando en cuando los ruidos del patio lo despertaban, sentía los perros ladrar y algunas veces el viento golpear su ventana, en esas ocasiones se tapaba los oídos para no seguir escuchando y volver a dormir lo más pronto posible. Tomaba las sabanas con firmeza y se cubría hasta la frente. Sus cortinas cubrían los vidrios por completo, así como una camisa de fuerza apretando a un loco de atar. Para qué decir; le tenía a prohibido a todos en casa que se fuesen a meter a su habitación por la noche, pues podía morir de un infarto al sentir pasos provenientes de los lúgubres pasillos. Alguna vez deseo ver el amanecer tomado de la mano de una señorita que conocía hace años. Ella le contaba que le encantaba ir a la playa, no dormir por estar tirada en la arena fresca mirando las estrellas, y luego sentarse en las rocas hasta ver como salía el sol una vez más. Lo más probable es que admirara la valentía de aquella niña por permanecer ante el crepúsculo sin temblar. Lo cierto es que nunca cumpliría esa dulce fantasía pues ni la mano de aquella joven podría quitarle el temor de las venas, él ya lo sabía, y de todas maneras no se dejaría llevar por una mirada que lo llevase a su peor perdición.
En verano las noches se tardan mucho más en llegar, y en esa estación podía tomar un pequeño respiro y regar su jardín a eso de las 8:30 pm. Apenas veía el cielo anaranjado y el sol vibrar cada vez más bajo del cielo, cortaba el agua con suma rapidez y corría por los pasillos de la casa hasta llegar a su cuarto a realizar el mismo ritual ante la espera del anochecer. A pesar del abundante calor se metía a su cama igual, se volvía a cubrir con las sabanas a pesar de respirar ese aire ardiente. El calor, al igual que la noche, también es traidor. Una noche despertó en medio de una pesadilla en la que se hallaba en el infierno, una lava rojiza le cubría los pies, buscaba huir, pero no tenía escape, desde lejos un hombre vestido de negro lo miraba fijamente a sus ojos llenos de horror. Entre parpadeos nublados logró despertar completamente, con el corazón agitado miro el reloj que estaba clavado frente su cama, 3:15 am, y al sentir su cuerpo otra vez, noto que un sudor sofocante le invadía desde el pelo hacia abajo, sus sabanas húmedas no le podían brindar un poco de aire fresco, y la lampara arriba de su cabeza le quemaba el pensamiento sin piedad. Por un momento pensó en levantarse, pero llegar a concretar aquella idea le provocaba nauseas. Observó como las manecillas del reloj avanzaban lentas y tortuosas, cada paso del segundero hacia eco en su corazón desenfrenado. Seguía cubierto de aquel infierno de su pesadilla, pues ardía por completo en esa fiebre de verano. No aguantó más; con las manos temblorosas lanzó las sabanas hacia atrás, se enderezó de apoco, puso sus pies en el suelo, inseguro de su propia fuerza comenzó a caminar con cautela hasta llegar a la puerta de su habitación. Lo dudó, con pánico logró aceptar que sólo iría al baño unos pocos segundos para refrescarse y poder respirar en paz. Abrió la puerta casi a punto de desmayar, caminó por los pasillos tratando de no tantear nada con sus manos que esta vez sudaban frío, recordó el trayecto que hacía en el día por los mismos pasillos, y por fortuna encontró sin dificultad las luces de cada rincón. Se sentía un poco más seguro, pero aún así no haría el intento de mirar por la ventana. Con el corazón casi en la mano llegó hasta el baño, encendió la luz de un sólo golpe, cerro la puerta para que nadie fuese a entrar. Se miro al espejo con paciencia y sintió vergüenza al ver tanto pánico reflejado en la mueca de su rostro, dio la llave del agua, frotó sus manos estilando en su cara, luego agachó su cabeza para que el agua recorriera todo su cabello, y ya al fin aliviado pudo cortar el agua de inmediato. Todo había salido bien, o al menos eso creía. De repente ocurrió un corte eléctrico, se vio sumido en la oscuridad, volvió a tiritar y a sentir como el pecho se le estaba a punto de desgarrar. Explotó en un llanto silencioso y se quedó pasmado pensando torpemente en una solución. La sugestión lo llevó a creer que criaturas desconocidas caminaban por su lado tratando de intimidarlo, y no deseaba que la oscuridad le empezara a susurrar su muerte al oído. Recobrando un poco la cordura, decidió arriesgarse a tomar una caja de fósforos que vio sobre la taza antes del corte, con las venas a punto de estallar lanzó sus dedos en la dirección que considero correcta, al tocar la baldosa tuvo la misma sensación de estar posando las manos sobre una lápida gélida, se le erizó toda la piel, tomó la caja, la agitó, y para su preocupación notó que sólo un fósforo saltaba al interior. Provocó esa fricción entre el costado de la caja y la cabeza del fósforo, sus lágrimas secas se veían relucientes frente a la pequeña llama, pensó en correr por los pasillos y meterse a su bendita cama al fin, pero se contradijo creyendo que su diminuta antorcha se apagaría con la velocidad de su huida. Una gotera maldita le retumbaba en los oídos, mientras tanto se tiró al suelo en posición fetal con el fósforo en alto contemplando su alivio momentáneo. La llama se acercaba a su fin, pero no dejaría que esa luz se marchara. El fuego comenzó a encender sus dedos, yacía su piel roja y viva al descubierto. Pasó segundos eternos con un dolor que nunca había imaginado sentir. La llama se estaba devorando su mano derecha, se mordía los labios de dolor, consecutivamente un hilo de sangre goteaba por su mentón y su cuero caía muerto al piso oscuro. No soporto más la tortura, con taquicardia sacó fuerzas para soplar el fuego, de rodillas avanzó hasta una esquina en donde había un balde con agua, introdujo su mano al rojo vivo dentro de él, y vio como se perdía su última esperanza de ver la luz. Volvió a la posición fetal en la que estaba, sintió un ardor insoportable en su mano derecha, entonces la puso en el suelo para no pasarla a llevar con su piel sana y salva, de nuevo se dispuso a llorar, pero esta vez de miedo y de dolor por la enorme quemadura. Estaba aterrado, rezaba a ver si Dios lo podía salvar del infierno que lo estaba consumiendo, pero no ocurrió nada. Desconsolado siguió sintiendo sus lágrimas recorrer su cara desfigurada de impresión. El corazón no le daba tregua y se combinada con el zumbido de aquella gotera tan molesta. Hubiese dado cualquier cosa por apagar su vida de una vez por todas y acabar con el pánico que se estaba comiendo su sano juicio. Estaba tomando la decisión si acaso sería mejor desistir en la oscuridad que lo estaba rodeando o cerrar los ojos y morir en su oscuridad interna. Así pasaron las horas; intento dormir, pero se sentía invadido por cuanto espectro se le venía a la mente, se revolcaba de un lado a otro, desesperado, deseando que todo acabase lo más pronto posible. Sentía como si hubiese estado días ahí, una fatiga enorme le gritaba en el estómago, realmente estaba en el infierno, pues no paraba de sudar el calor que le emanaba de cada tramo de su silueta retorcida de temor. De pronto, en medio de su locura, vio un pequeño rayo entrar por la ventana que estaba al lado de la ducha. Se paró temblando, cuidadoso de no pasar a llevar su mano teñida de rojo, y con su mano izquierda se atrevió a abrir la cortina. El sol estaba saliendo al fin, ya podía mirar cada rincón y elemento del baño. Con alivió y exhausto de tanto luchar contra su miedo se volvió a lanzar al suelo, no se podía las piernas, estaba demasiado cansado, y arrastrándose se dirigió hasta la salida, alzó sus dedos lo más que pudo y abrió la puerta a duras penas. Volvió al arrastre, y se hallo fuera de la prisión que lo había mantenido encerrado durante la madrugada. Una vez más soltó el llanto, éste era una mezcla entre alivio y pena. Gritaba, golpeaba el suelo lanzando mil maldiciones en contra de la mala suerte que casi lo hizo perecer ante la maligna noche que tuvo que pasar. Miraba su mano herida, y lloraba con más ganas frente a la fealdad de su carne viva. Su cuerpo estaba agotado, pero su voz no se quebraba a la hora de seguir maldiciendo al cruel destino y a aquella situación tan normal que casi lo llevo al desquicio. En casa aún nadie despertaba del profundo sueño, no le podían oír mientras estaba en el piso quejándose de angustia y rabia. De igual forma le ganó el cansancio, de a poco fue cerrando los ojos, y al fin volvió a descansar de nuevo, sin preocuparse de encender luces ni velas....

lunes, 28 de diciembre de 2009

Ser feliz.


“¿Por qué lloramos?”... yo digo que por muchos factores. Lo primero; de dolor (físico), ya que no tenemos palabra alguna para curar aquéllo, entonces, por inercia, responde nuestra sensibilidad, entre lágrimas observamos la zona afectada, y nos invade la impotencia de no poder hacer nada más que eso, y esperar a ser curados de alguna u otra forma. Segundo: de dolor (nuevamente, pero esta vez cito al dolor emocional), se parece al caso anterior, la diferencia es que en esta situación si podemos pensar y hacer por algo por dar una solución, pero cuando llega el llanto es porque precisamente no le hayamos solución o una angustia demasiado grande que nos hizo explotar y quebrarnos en el interior, por lo cual, existe una liberación mediante los ojos, que humedece el rostro, pero al final, tampoco es la cura a lo que ocurre. Entonces podemos mencionar que lloramos por amor o desamor, por una perdida o por un reencuentro, por una muerte o una vida demasiado injusta, por confusión o soluciones demasiado drásticas, por pobreza o exceso de riqueza, por ciertos diálogos que nos hicieron perder algo o la posibilidad de diálogo que perdimos con alguien, por ausencia o presencia, por avanzar tanto que nos damos por perdidos del punto inicial o no poder retroceder. Por ello es que lloramos, cuando no hayamos respuestas ni en argumentos ni palabras de aliento. Tercero: de emoción (no se incluye el dolor, por ningún motivo), y esto es signo de tanta felicidad, que en el interior también explota algo, pero lo que no se soporta es el peso de tanta alegría, la cual huye y se pierde entre hombros y abrazos de quienes se contagian de una sensación similar pero más discreta. Cuarto: de felicidad y nostalgia (sí, es posible que haya una mezcla de ese tipo), otra vez ocurre una explosión, pero ésta es por confusión máxima, pues nos ponemos ante la situación de dar un paso al frente o echar pie atrás, por ejemplificar aquéllo, puedo decir que ocurre algo así con los viajes, pues una persona se marcha por determinado tiempo, el sujeto afectado llorará de felicidad pues sabe que será algo positivo para la otra persona, simultáneamente, las lágrimas son de nostalgia por la ausencia que dejará esa partida que no durará para siempre. Se puede tratar de estar en una posición determinante, pues anhelamos el futuro y ya comenzamos a extrañar de sobremanera el pasado, eso demuestra lo mucho que nos apegamos a ciertas costumbres. Como conclusión... el llanto, en tres palabras, es: inevitable, efímero y nihilista.
Hablando de llorar... hace pocos días tenía tanta pena que no lo pude evitar, y me dejé caer -es normal, la nostalgia es un mal que llega a todos e invade tan sólo de cuando en cuando-, fue parte de una noche sin esperanzas, en donde ni siquiera la luna era testigo, sólo el límite del techo... En la mañana sentía la misma amargura, entonces salí de casa, caminé a paso de querer correr, puesto que se hacía tarde; me cansé bastante, y al sentir esa sensación recordé que estoy viva. No lo había pensado, en todos estos año tuve conciencia de que tenía que estar en constante movimiento, pero no estaba agradecida de haber visto una primera luz al salir al mundo. Sentí el aire fresco calmando el calor que me plagaba desde el primer cabello, y agradecí... si había un remedio; la felicidad puede estar hasta en lo más sencillo, incluso puede ser un motivo apoyarse bajo la sombra de un árbol sobreviviente en la ciudad. Luego... en algunos casos, no encuentro asiento en el metro, todo el mundo sube exaltado a los vagones, puede que no exista esa regla de “Deje bajar antes de subir”, ni modo... me siento en el piso, con la espalda apegada a una de las puertas, e inevitablemente ante mi vista, nada más que culos ajenos. Siempre que viajo me pregunto quién será la última persona en bajar del vagón, o si yo algún día fui la última en abordar la orilla del andén. Suele ocurrir que de a poco los pasillos se ven más vacíos, dado que la gente tiene distintos paraderos, aunque algunos se bajan en los mimos lugares, no es preciso que vayan juntos, y me es imposible adivinar hacia donde se dirigirán todos -pueden ser supermercados, centros comerciales, oficinas, escuelas, universidades, construcciones en pleno proceso, cementerios, parques, moteles, prostíbulos, cafés con pierna, locales de comida rápida, restaurantes, ferias artesanales, plazas, piscinas, cines, e incluso lugares fuera de la periferia... etcétera-, también se da, que muchos realizan la misma actividad, pero en esos tramos colapsados, nadie le toma importancia a esas coincidencias. Aveces creo que no quiero dirigirme a ninguna parte, y que podría necesitar sólo un pedazo de tierra para rodar y reír hasta el cansancio, quizás, y si tengo suerte, hasta podría parar en una utopía... ser feliz, no es encontrar un lugar que cubra todas las necesidades de consumismo material o social... es dirigirse hasta donde el instinto nos guíe y nos haga notar que el mundo es tan grande que no podemos estar parados siempre en donde mismo. La felicidad es caminar y notar que ha modo de metáfora, las nubes si se pueden tocar, que no basta con soñar; hay que salir y cumplir cuanta fantasía e ideal se plante en nuestra mente. Ser feliz, es darse cuenta que aún podemos ver el cielo ahí. Me planteo más preguntas, ¿El cielo es azul?, así como lo vemos y colorean los niños, ¿O será una proyección de algo que está mucho más allá? -aunque, lo que si tengo claro, es que Chile si tiene su cielo azulado, tal como dice nuestro himno-. Le he dado más vueltas al asunto; tal vez llorar no es tan malo, sino más bien, algo necesario, algo que te libera, que otra vez te hace notar que estás vivo y aún puedes sentir. Todavía viajando, ahora estoy de pie, y me veo reflejada en el vidrio de una puerta... agradezco tener cada extremidad en perfectas condiciones, miro mis manos, pienso que son hermosas, y que a cualquiera podrían encantar... cuando menciono que me puedo mirar aún, es grandioso, pues muchas veces miramos, pero no nos detenemos en abundar los detalles más pequeños, digo que es maravilloso, también, porque adoro entrar en otras miradas hasta invadir lo más profundo de esa persona; saber qué piensa, qué siente, qué desea... ser feliz, es ver más haya de lo visible, explorar en profundidad cada espacio para llegar al tacto y palpar con dicha el descubrimiento que hemos hecho gracias a nuestra reciente visión, puesta ahí, dispuesta a encontrar rincones por doquier. La felicidad, está en la dicha de reflejarse en otro par de ojos que por un instante viven por ti...
Fuera de la estación, camino, y el calor no da tregua... una razón para sonreír puede ser la comicidad de nunca estar conformes... cuando sentimos el sol ardiente sobre nuestras cabezas, sólo queremos que una nube lo quite de nuestros ojos entrecerrados, y al contrario, ocurre lo mismo cuando el frío entra hasta los huesos, sólo deseamos que el sol se deje ver para estacionarnos como lagartijas esperando rayos de él. Veo miles de anuncios pegados en los postes de luces, aunque por supuesto, no faltan los sujetos que tratan de quitarlos para publicar la información que más les conviene... algunos se ven interesantes de leer... y noto otra razón por la cual ser feliz... agradezco el amor que le tengo a la literatura, tanto escribir como leer, a la profunda capacidad que poseo para redactar cada idea que me parezca necesaria compartir... las letras también constituyen la felicidad -al menos para mí... es así-.
Vuelvo a casa, el mismo camino, pero en sentido contrario, y todavía sola... pero vuelvo... ser feliz no significa estar rodeado de cuanto individuo se presente en nuestro camino y nos proponga amistad o compañía, no significa depender de la comprensión de la sociedad... la felicidad está dentro de nosotros, e incansablemente, debemos hallarla en pequeños detalles... en el viento que sopla con calma, en una hoja que cae en nuestro hombro, en agradecer la vitalidad de nuestra tierra, en ver flamear una bandera como significado de que somos independientes, en leer un libro y dejarse encantar por un sencillo relato, en oír una canción tendidos en el pasto, en darnos cuenta que estamos completamente vivos ante cualquier suceso, en tomar de la mano a alguien que lo necesite, en cantar aunque sea sin armonía, en encontrar una vieja fotografía, en dar un abrazo a cambio de una sonrisa, en mirar una estrella e imaginar que alguien está observando el mismo punto, en sentir a una hormiga caminar por nuestro antebrazo, en oír nuestra voz y saber que aún podemos expresarnos ante el resto, y hasta gritar si es necesario alzar nuestros deseos, en saber que si queremos, podemos alcanzar todas las metas, por muy distantes que estén de nosotros... pero en resumen; es sólo encontrar belleza donde nunca la viste.
No se trata de tener todo lo que uno desee, es estar conforme con detalles diminutos que antes no tuvimos tiempo de apreciar. Tampoco se trata de hacer felices a otros por abandonar nuestro bienestar emocional... debe ser algo mutuo, que se pueda compartir, a partir de esa complicidad, se puede contagiar a todo el que quiera enamorarse de detalles cotidianos que no agradecemos porque nos acostumbramos a que estén siempre ahí... pero llegó el tiempo de dar las gracias... llegó el tiempo de ser feliz, y no morir porque algo no salió como esperábamos... se trata de luchar, de vencer el miedo, aunque sea difícil, no paralizarse ante lo complejo....
Ser feliz, no significa ser perfecto, significa luchar porque todo salga mejor.
Ser feliz, no es conformarse con lo ya aprendido, es explorar mucho más, y saber que todo puede adquirir un nuevo significado que nosotros determinemos como la explicación más lógica... significa aprovechar el conocimiento y la capacidad que poseemos para reflexionar con respecto a lo que sea. No se trata de estar de acuerdo con todo lo que presente la sociedad por sólo simple moral, sino más bien, debemos seguir nuestras convicciones tal cual, sin que nadie interrumpa en ello y hasta el final.
Eso es... la felicidad no está tan lejos como parece, se encuentra, de hecho, mucho más cerca, demasiado diría yo... dentro de nosotros mismos (¡lo vuelvo a repetir!).

lunes, 21 de diciembre de 2009

Paradoja.


No podrá ser mejor para ambos -como tú mismo mencionaste de sugerencia-, hasta incluso podría ser más grave que la vaga solución... créeme que duele más, por el hecho de reprimir las palabras, aunque, debo decir, que lo que nunca se podrá remediar es el inevitable y maldito sentir, que abandona todo lo racional, toda la supuesta solución. Por uno y variados motivos, no será la excepción; seguiré escribiendo, inclusive cuando sienta un dolor en un lugar que no puedo palpar con mis manos, aun cuando sienta un miedo horrible, también por otras cuestiones que ocurren, y junto con esto, acaban por dar un golpe del cual es difícil recuperarse porque sí... pero hay que luchar, de todas maneras... es muy complejo, pero es lo que se debe hacer.
Y te vería. Ya estábamos de acuerdo; cervezas y conversación. No fue tan sólo aquéllo, te sentí en mi hombro, me robaste un beso; me dejé asaltar, sin oposición alguna. No quería que así fuese, pero me dejé llevar y para más remate me gustó, me agradó, me invadió el alma; si es que en verdad tenemos alma, pero en dónde más se podrían sentir ese tipo de cosas si no es ahí, en un rincón intocable, que sólo reacciona cuando el pensamiento ya no puede responder ni detenerse a hacer nada más que cerrarte los ojos, por una eternidad, como para morir en unos brazos que te estuvieron esperando para estrecharte con más fuerza que nunca. No lo niego; fue hermoso. Incluso, sin quitarte la piel, pude sentir tu sangre jugar con la mía, ardiente, impaciente, coagulándose para no ensuciar las venas con otra aceleración. Lamento que me hayas visto llorar, no lo pude evitar, me preguntaste que ocurría, te dije que nada, pero es evidente que siempre que alguien responde citando a la nada misma es porque es mucho más que una respuesta, vale más que otros argumentos, es casi una comparación con esa expresión que se refiere a que el silencio otorga, lo siento mucho, tenía pena, puede que me haya afectado verte nuevamente. Admito, no hicieron falta palabras; ahora me entero de cuanto nos necesitábamos... pero también ahora, es cuando las palabras están sobrando, es por lo mismo que nos hemos dedicado a discutir y a opacar la importancia de aquella tarde. Hubiese preferido que nos atáramos de manos para no escribirnos nada que nos terminase quebrando por completo, duele demasiado, pero no sé dónde está ubicado el punto que debo cubrir. Es realmente triste, no sé si comprendes cuán triste es, por dar un ejemplo, es doloroso como ir a una cena con gran multitud; pero no hay multitud, ni siquiera un pequeño núcleo de personas. Completamente, se siente la soledad pues ni siquiera se puede ver la propia sombra, tan sólo sentir el eco del corazón, que retumba por costumbre y no respeta el hecho de tanta quietud. Estando así, sin ningún respaldo en donde apoyarse, sentada en el aire, pero sin poder respirar. De todas maneras, la cena debe continuar, ahora, el problema es que tampoco hay cubiertos para sujetar, ni siquiera está servido el plato – de hecho, no hay plato-, sólo una mesa vacía y sobre ella una vela que yace apagada, expulsando los últimos rastros de humo. Luego adviertes que no vale la pena estar en aquella cena, ya que tampoco viste que no era necesario; y de repente descubriste que no tenías hambre, pues no tenías estómago. Bien, así de triste es esta situación, pero es todavía más nostálgico, pues si tenemos estómago, e incluso -y mucho más vital aún- un corazón... apenado por nuestras humana idiotez. A pesar de todo, me permitiré contarte que es lo que me atrae de ti; no eres tan sólo una persona... eres mucho más que uno, claro, eres varios... en conjunto, reúnes todos los defectos y virtudes, en un equilibrio desmedido, que me confunde, pero me llama la atención a tal punto que necesito saber de ti; y quizás sí... necesito de ti. Y ya sé, mi antigua carta te mató, pero a la vez, yo también morí, porque todo lo allí escrito; cambió... no pude evitarlo, pero soy humana y no tuve la intención de detener lo ocurrido el fin de semana, digamos que fue así por magia o algo que justifique lo inexplicable, pero me sentí más viva que de costumbre, exagerando, en un mundo nuevo en donde nadie podía hacer o ver algo. Tú mismo te puedes dar cuenta que la carta es una total paradoja, ya que en un lugar decía que no te quería volver a besar, pero lo hice igual; lo hicimos, mejor dicho. Te cuento donde estamos; en una novela, y para desgracia nuestra, nos han escrito mal y sin compasión, pues nos unen y nos separan, nos vuelven a juntar, y nos vuelven a expulsar de capítulo en capítulo, tenemos un número de páginas incontables, quizá por eso, nadie nos entenderá ni leerá nuestra historia por completo, pero ahí seguimos, plasmados en unas páginas, entre borrones, palabras puestas al azar fuera de margen y una que otra falta de ortografía. Tú sabes que Dios no decidió esto. Seguiré mi existencialismo, y te diré que el hombre es el único responsable de sus actos, de su destino, y de lo que sucede; es una consecuencia... Dios puede perdonarnos, pero no armará nuestro camino, ya que el tiene cielo, y nosotros; nosotros tenemos tierra e infierno a la vez.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Una carta para usted.


Empiezo por aclararle que si alguna vez esto llega a su vista, es porque he recordado el trozo de una canción... “No se puede continuar, ya la magia terminó (...)”. Por mí no le escribiría ni una de estas palabras, pero un recuerdo me ha traído hasta aquí; sí, una estrofa, para redactarle lo que no le puedo decir frente a frente. Quizás estas sean más palabras arrojadas al espacio, para que otros las contemplen por usted, muchas veces he querido hablarle para aclarar muchos cosas las cuales están inconclusas, tal vez a estas alturas no recuerde mi nombre, pero si lo quiere averiguar nuevamente, puede usted venir a preguntarme cómo solíamos decirnos antes. Se comienza a esclarecer mi pensar, y me pregunto cómo es posible que por estos días las cosas estén así de quebradas. Usted se distanció de mí, y en aquel pasado estuve noche tras día buscando una explicación de su partida, me dejo sin siquiera advertírmelo, pero cómo iba yo a saber, si la última vez que nos vimos en el parque me dijo que estaba enamorado de mí, que después de aquel reencuentro nunca más me dejaría, yo le creí, pero no por la sarta de cosas que mencionó acerca de -en aquel entonces- mi enamorada persona, confié de su declaración porque estábamos muy cerca y sus ojos resplandecientes encendieron mis mejillas de un matiz que no alcancé a notar, mas en sus pupilas de tono profundo pude encontrar mi explícito rubor; cómo no iba a creer en toda esa belleza, si su mirada parecía dilatarse de la emoción... Volviendo a lo principal -como le iba explicando-, sucede que por usted por poco pierdo todas las lágrimas, me hallaba como una hoja seca flotando por las calles sin saber a dónde llegaría al no pensar en nada más que la distancia que impuso entre nosotros -los de antes; los que gozábamos de un complicado romance-. Lo bueno es que el efímero destino ha ido dejando en un sendero la mayoría del daño que usted provocó el otoño que se marcho y no volverá hasta el siguiente año. Usted cree que el tiempo no me trajo al oído sus secretos, pero se equivoca, me he enterado de todo lo que le ha pasado, creame que lo siento mucho, de haberme dicho la verdad le hubiese aceptado sus errores y le habría ayudado a salir de su nostalgia; dolor que sé que todavía le duele en su interior. Sin embargo, no me reveló todas las cosas que le sucedieron, justamente eso es lo que me tiene tan molesta, que me haya mentido, que haya dudado de mi comprensión, porque, claramente le hubiese prestado mi hombro para que se lamentara de todo lo mal que lo ha pasado. No me pregunte quién me ha contado de su vida, pero debe saber ese dicho que mencionan siempre, que en esta vida todo se sabe ¿Lo ha oído en alguna ocasión?, no tiene importancia quien me ha hablado de su suerte, el hecho es que simplemente lo sé, y permitame gritarle en medio del silencio ¡No me mienta más!, ¡Detenga su maldita ley del hielo!, ¡Por favor dialoguemos sobre lo que le aqueja!. En caso contrario, si a usted le han hablado de mí, no me interesa saberlo, ya ni sé qué es verdad y qué es mentira; la gente dice tanta palabra que he llegado a dudar si acaso soy real, si acaso he caminado dormida diciendo y haciendo porque sí. Le he intentado llamar por teléfono, pero temo que no quiera contestarme, o que me conteste y cambié su tono de voz para decirme que es su hermano y que usted no sé encuentra en casa. Le he intentado llamar como antes, pero eso es pasado, y ahora no sabría como saludarle y entablar una conversación entre entes desconocidos, le quiero preguntar muchas cosas, pero su voz temblará y me preguntará si estoy demente o ebria. Mejor callar y esperar a ver si algún día nos encontramos como transeúntes y esperar a que usted no me voltee el rostro para evitarme.
No crea que aún Le amo como antes, de hecho, le confirmo desde ya que no Le quiero. Lo cierto es que no pienso en usted, pero no le puedo olvidar; totalmente paradójico, mas de cuando en cuando se viene a mi cabeza por uno u otro motivo que no comprendo, y cuando se proyecta aquella imagen, creo que Le extraño, y es que quiero recordar qué sabor tenían sus besos, pero no tengo idea, la memoria no conversa ese tipo de esencias, lo importante sería revivir el momento para reconocer aquel gusto, eso no importa, eso es imposible, porque usted no me quiere confesar el motivo por el cual me abandono sin decir absolutamente nada... ahora que reflexiono, la verdad es que no le quiero volver a besar nunca más, pues me podría enamorar otra vez, sin querer queriendo y por una mínima acción, mejor le digo desde ya que no es a usted a quien extraño, sino la sensación de sentirme amada por otro ser.
Le confieso que desde que usted no está a mi lado, me he sentido bastante sola, lo cual no digo que sea algo malo. He llegado a la conclusión de que quizás usted tenía razón cuando me decía que no le merecía, al parecer era verdad. Sabe, le entregué mucho amor, y ahora en soledad me he dado el gusto de tomarme un mayor amor propio, lo cual quiere decir que tengo tanto amor, que podría compartirlo con alguien más. Por lo tanto, no crea que yo dependo de su recuerdo, he cambiado bastantes cosas, si alguna vez me encontrara por alguna casualidad, no me reconocería, y no por la apariencia, sino por los temas de los que podríamos hablar; le cuento que he evolucionado, y mientras usted prefiere apreciar las luces parpadeantes en una fiesta, yo prefiero observar como se desliza una mano empuñada al escribir. Ya no somos los mismo de ayer, pienso que usted, al igual que yo, también ha cambiado ciertas cosas, y por lo mismo, más lejos nos hallaremos.
Sólo le pido que no me mienta más, e incluso ahora le puedo desafiar, y asegurarle que me miente al no hablarme, usted mismo se engaña, no crea que soy ignorante con respecto a ello, pero sé que aún piensa mí, y olvide lo que dije al comienzo, usted no ha olvidado mi nombre, lo sabe perfectamente, e incluso ha intentado hablarme de nuevo, pero no puede, yo lo sé, tiene un nudo en la garganta que no le deja confesarme que es orgulloso e inseguro, que tiene miedo de mi reacción, pero le juro que le comprenderé si me quiere pedir perdón por todo el dolor.
Estoy esperando a que me roben un beso, y le aclaro que no es por despecho, es por tener la esperanza de cumplir mi mar de sueños por realizar.
Le acepto que venga a las cercanías de mi hogar para que al menos me pueda decir Adiós, le espero si quiere, pero cierre este capítulo de una vez y deje de atormentarse con el pasado, aunque le advierto que soy muy débil y no soporto las despedidas, por lo cual deberá extender sus brazos para consolarme por última vez. De antemano le pido disculpas si estas palabras le rompen el corazón, pero le transmito lo único verdadero; el presente.

martes, 13 de octubre de 2009

Onírico I


Finalmente mis párpados se cerraron por costumbre y no supe más del mundo exterior... Era una tarde -al parecer de verano-, el pasto crecía limpio y verde en un sector despoblado de vicios mundanos, sólo los árboles podían ser testigos de tan magnífico paisaje. Hasta que llegamos nosotros a disfrutar de tal área, nos tiramos en el césped a reír de frases que no recuerdo. El sol se estaba por marchar, pero deseé que cuanto antes se hiciera de noche, efectivamente todo se oscureció, inclusive así lograba distinguir las siluetas de todos, pero no sé quienes eran algunos, sólo sé que todavía reían y de vez en cuando conversaban con un poco de calma, en cambio otros se pararon a caminar pero en un silencio absoluto. Tomé de la mano a uno de ellos -esta vez si tenía conocimiento de quien se trataba-, aceptó mi invitación a deambular por ahí, claramente ambos sabíamos lo que pasaría más allá, en el camino hacia ningún lugar en específico, pero callamos y no dijimos nada en el trayecto, le apreté muy fuerte su mano porque comencé a sentir un miedo intenso tras esa oscuridad que jamás había visto, pues no era una noche como otras, no caminaba para nada sola, pero él no me hablaba de nada. Puede que en algún momento haya pronunciado algo casi mudo, pero efectivamente no logré oírle, ni pude darme cuenta si acaso sus labios lograban moverse de alguna forma, para ver si podía darme señal de que transitaba consciente aún. Seguía ese gran temor presente, penetrando mi alma, de no ser por unas ramas que se movían como sombras en un ambiente lóbrego, hubiese creído estar completamente ciega de un momento a otro. No podía siquiera levantar la vista para divisar las estrellas, pues nunca supe si en aquella noche existieron en el cielo, que por cierto, tampoco logré notar. No fue largo el trayecto a lo desconocido, pero el pánico me tenía viviendo los segundos como horas y horas de fatiga. De pronto nos encontramos con un destello que brillaba frente a nosotros -ni idea de como llegó a ocurrir esa repentina aparición-, luego de acercarnos un poco más notamos que era una casa, pintada de cual nieve recién caída. Un impulso nos llevó a entrar a ese hogar deshabitado, todavía en un silencio agobiante. Descubrimos que no era una casa como teníamos entendido -claro que las suposiciones estaban sólo dentro de nuestro interior y no dimos cuenta de ello a través de comunicación alguna-, al contrario de aquella conclusión, se trataba de una capilla -eso sí, no existía nadie más que nosotros dos-, tenía flores frescas al rededor, símbolos religiosos por doquier, uno que otro banco, pero lo más impresionante era la luz intensa que allí había, y que más se resaltaba gracias a sus blancas paredes. No sé en que instante ya nos encontrabamos frente a un pequeño altar, supuestamente podíamos leernos la mente, por tanto, no había necesidad de anunciar la siguiente acción, pues ya teníamos conocimiento de antemano; que él debía abrazarme con dulzura. Me abrazó, y al fin, por mi parte, rompí el hielo y logré pronunciar palabras que sí recuerdo con exactitud; -¿Puedes rezar por mí?- le pregunté-, él no me contestó absolutamente nada, pero al cabo de unos cuantos segundos puso sus manos en mi espalda y me abrazó aún con mayor intensidad, entonces comenzó a rezar tal cual lo solicité. No recuerdo que oración transmitía, pero noté que en su voz había pasión al pedir una cura divina para mí, mientras yo apoyaba mi cabeza en su pecho, logré sentir casi dentro de mi cuerpo su respiración que me logro dejar sin pensamientos ni consciencia de nada, aunque sólo por un segundo fugaz de total paz. Pero de nuevo volvió el miedo, pero esta vez la angustia se hizo más fuerte que la del camino, había una situación que me tenía así de exaltada y débil -motivo que tampoco logro recordar-, me eché a llorar, él seguía rezando y no se detuvo en ningún momento aun oyendo mis sollozos, hasta que acabo. En señal de calma, y todavía cobijada entre sus brazos, me besó la frente con tal ternura que mi llanto se fue desvaneciendo de a poco y la desesperación ya sólo se hallaba impregnada en un trozo de mi alma que estaba apegada a su cuerpo buscando algo de seguridad; como si fuese la única salvación en el mundo para todos los males. Algo sucedió, nuevamente, en una imagen veloz, estabamos situados en el mismo camino -la capilla había desaparecido de nuestras vistas extrañamente-, lo distinto es que esta vez no sentía ni miedo ni felicidad, ya no tenía miedo de la noche, puesto que una luz emanaba del borde los árboles, inclusive lograba mirar un poco de cielo, suficiente como para ver a quien me acompañó todo el tiempo silenciosamente y le oí sólo cuando rezó por mí. Dirigí mi mirada hacia su boca, que parecía resaltar de un color singular que le pedía algo a la mía, me miraba a los ojos, pero siempre en silencio, y en esta ocasión acepté con cariño su falta de vocablo. Le robé un beso de novela, totalmente pasional, y sin importarnos el resto de la noche, nos guíamos a un rincón repleto de ramas secas, comenzó a explorarme con las manos por cada tramo de piel que no conocía de mí, sentí aquéllo que llamamos lujuría, y de un momento a otro ya no veía nada, sólo un inmenso vacío, escuché ciertas entonaciones, sabía que aún estaba viva, pero ya no podía tocar ni ver cuestión alguna, aunque podía advertir que mi conciencia, confusa, seguía allí buscando alguna respuesta; una dimensión desconocida... desperté, estaba tendida en mi cama, la ventana me indicó que el día seguía existiendo, y que no me había perdido en la oscuridad como en la anterior noche.

domingo, 4 de octubre de 2009

De lo negativo.


Siguiendo una convicción; no cambiaré mi versión de los hechos, pues no he perdido la memoria para inventar algo nuevo y sé que he dicho la verdad, a pesar de que han cambiando todo dicho por mí, y es que cuando comuniqué algo (que tenía mucho miedo de los actos de una persona), mis palabras pasaron de persona en persona hasta que toda frase quedo en una eterna distorsión, por lo cual ya no era mi historia la que se contaba, sino que la versión que se creo gracias a la percepción de otros. Ha ocurrido que con el pasar del tiempo, por ejemplo, a través de los medios es fácil manipular información, le agregan más tragedia de la cuenta u ocultan la verdad para alivianar la situación, la que se deja ver de a poco si pasan los meses o los años.
Me han hecho sentir como una sonámbula, no tengo idea si he dicho cosas dormida, tal vez sí, tal vez no, pero no sé que pesadilla pudo haber sido... volviendo a la realidad, no me considero una persona dañina, pero no toda la gente ve nuestros actos con los mismos ojos, pues hay daño que se causa sin intención, o las personas lo ven como algo intencional puesto que desde la rabia todo se ve como sólo ella lo quiere ver; la rabia es un mal trance, nos hace hablar lo que en la calma no nos atreveríamos a decir por el sólo hecho de que no buscamos quitarle su verdad o sus razones al otro. El diálogo es la mejor manera de llegar a un consenso con quienes buscan culparnos de algo con o sin causa, inclusive así tengo pena... En la ciudad nadie se detiene a mirarnos a los ojos, se dirigen con apuro hacia ningún lugar, si se pierde la verdad llega la hora de gritar, y si aquel aullido no se oye, llega la violencia para, supuestamente, arreglar las cosas por la fuerza y mantener el orgullo (sí, también el poder). Asumo que no tengo fuerza alguna en las manos y tampoco me he dejado crecer las uñas para rasguñar; me mantiene la idea de que todavía no es tarde para que los enemigos se sienten en las sillas de un bar, tomen un café sin azúcar para quitar la expresión de la furia, dialoguen por primera vez (pues todo el tiempo estuvieron gritando), hasta llegar a la paz que hace hasta brillar la esencia de las personas, y finalmente, un trago para brindar... Es fácil soñar, por ende, no me cuesta creer que podamos amar lo que hemos odiado por mucho tiempo, sin darnos cuenta que en el fondo tenía una luz para nosotros, o bien, una sonrisa para purificar tanto mente como corazón. Es linda la vida, al fin y al cabo, pero quien guarda rencor, se carga una bolsa de basura sobre la cabeza, que al término, derrumba a cualquier sujeto de mala sangre. Por ello, puedo decir que no conozco la palabra odio en toda su magnitud, lo que sí, he tenido rabia e impotencia, pero todo fue pasajero, colectivo, como el estrés. He sentido ganas de abrazar y calmar a quienes me han dañado y se han equivocado conmigo, y es que no hay nada mejor que quitar las espinas del corazón, el polvo de los ojos, pero es algo difícil de hacer, cualquier creería que probablemente es una burla; no quiero que me escupan en la cara... Sin embargo, le temo al odio y la locura de los hombres, por estos días ocurre que algunos salen a la calle con armas, tal como sacar a un perro bravo a pasear por las calles, sin bozal ni vacunas, pero en vez de mordeduras, hay muerte para algunos transeúntes que perecen por tener un poco de dinero y un celular, o bien, porque otros llevaron la venganza al extremo... Los mayas dijeron que el mundo se acabará el año 2012, por ahí un día de diciembre, el 21... yo no sé si eso en verdad ocurrirá... no tengo el don de adivinar, no he comprado ni asegurado mi futuro, pero sé que a pesar de ello, es evidente que los hombres se destruyen entre sí, y a la vez, por querer derrotar a otros, se aprovechan de los regalos de la tierra y los usan para su utilidad de ganar y ganar con fines lucrativos; al final el dinero nunca se conserva, recorre manos que muchas veces ni siquiera necesitan más de éste, y sin embargo, continúan el círculo vicioso de dejar a otros humanos desposeídos y sin nada más que la vida y un vestuario... otra cosa, cómo es posible, que ya ni bajo los árboles encontremos sombra... nos vamos a evaporar, se ha hecho suficiente como para ir acabando con el mundo, sin mayores predicciones. Comienzo a sentir sed, queda poca agua, espero no presenciar una guerra por ello... ha salido el sol, pero el cielo sigue gris, el smog se ha convertido en una nube más... ya no puedo caminar de noche, hasta de día se hace un poco complicado; la maldad ha salido a la calle disfrazada de hombres y mujeres sin conciencia... no he podido mirar las estrellas en este sitio, algo está tapando el cielo puro... podemos hablar de sana diversión, pero siempre está como segundo plan traer el alcohol, las drogas y el tabaco; vicios que se han apoderado de casi todas las edades. Puedo querer tanto bien para los demás, pero soy sólo una humana, y lidiar con toda la gente del mundo, es imposible. Aun así, un grano de arena puede ayudar aunque sea un poco; vivimos en sociedad.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Pensamiento, no corazón.


Y descubrí que no tenía nada en el corazón, tan sólo un músculo más para no morir. De pronto me di cuenta que todo estaba en mi mente, no era su existencia por la cual sufría, fue por la imagen que mi mente idealizado de él, y creí que era casi perfecto, pues meticulosamente fui borrando sus defectos con mi imaginación. Cómo explico que no fueron las cosas del amor; estaba dominada por mi pensamiento, que fue tan intenso que hasta vida creció en mi estómago; mariposas, o quizás me trague una mientras tanto me perdía en los recuerdos de piel. El hecho de pensar demasiado me engaño, creé una fantasía en el cuerpo, en la cual, cada vez que lo tenía cerca la sangre bailaba en mi interior como en un trance, comenzaban a temblar mis manos... pero al fin y al cabo fue solo el poder de la mente, en tal caso de suponer que podía morir a su lado porque sentía una nausea inigualable. Existía un tipo de atracción, y claro está que su corazón no me llamaba... algo se impregnó en mi vista, creo que fue su mirada, la que quiso consumir mis ojos en más de una ocasión, sólo fue un acercamiento, ese amor que siente el cuerpo, y por ningún motivo el desconforme corazón, sólo el vértigo de probar uno de los pecados que habitan en la carne viva. No fue amor... no quería el bien común; pensé que él le haría bien a mi alma, pero no que su felicidad constaba de olvidarme y perderme en sus recuerdos inertes. Si el ser humano, racionalmente, busca poder, por el hecho de pensar y no sentir, ocurrió que me invadió cierta obsesión por retenerlo y no dejarlo escapar, por orgullo, por costumbre, para guardar una simple idea de que juntos éramos algo, y que separados, tan sólo podríamos ser enemigos, o simplemente, odiarnos por supuestamente no querernos...


(...)

-¿Qué sientes ahora?.

-Nada.
-Entonces, ¿no me quieres?
-Ni siquiera.
-¿Cómo?.
-Encontré la verdad, lo que creí sentir no era nada más que un pensamiento que me hizo alucinar y soñar tantas cosas en medio del subconsciente de crear nuevas oportunidades para vivir algo diferente... la nostalgia se hace fuerte a tu lado, pero esa era una situación que yo misma estaba inventando al creer todo lo que hacías era lo correcto. Volví en mí, y al usar la razón como fuerte de todo, me dispuse a no pensar en ti de la misma manera, aunque es inhumano decir que nunca más te recordaré, porque hay fotografías en la mente que jamás pierden sus colores... Por cierto... ¿Cómo te llamabas?
-Ya da lo mismo...