jueves, 5 de noviembre de 2009

Una carta para usted.


Empiezo por aclararle que si alguna vez esto llega a su vista, es porque he recordado el trozo de una canción... “No se puede continuar, ya la magia terminó (...)”. Por mí no le escribiría ni una de estas palabras, pero un recuerdo me ha traído hasta aquí; sí, una estrofa, para redactarle lo que no le puedo decir frente a frente. Quizás estas sean más palabras arrojadas al espacio, para que otros las contemplen por usted, muchas veces he querido hablarle para aclarar muchos cosas las cuales están inconclusas, tal vez a estas alturas no recuerde mi nombre, pero si lo quiere averiguar nuevamente, puede usted venir a preguntarme cómo solíamos decirnos antes. Se comienza a esclarecer mi pensar, y me pregunto cómo es posible que por estos días las cosas estén así de quebradas. Usted se distanció de mí, y en aquel pasado estuve noche tras día buscando una explicación de su partida, me dejo sin siquiera advertírmelo, pero cómo iba yo a saber, si la última vez que nos vimos en el parque me dijo que estaba enamorado de mí, que después de aquel reencuentro nunca más me dejaría, yo le creí, pero no por la sarta de cosas que mencionó acerca de -en aquel entonces- mi enamorada persona, confié de su declaración porque estábamos muy cerca y sus ojos resplandecientes encendieron mis mejillas de un matiz que no alcancé a notar, mas en sus pupilas de tono profundo pude encontrar mi explícito rubor; cómo no iba a creer en toda esa belleza, si su mirada parecía dilatarse de la emoción... Volviendo a lo principal -como le iba explicando-, sucede que por usted por poco pierdo todas las lágrimas, me hallaba como una hoja seca flotando por las calles sin saber a dónde llegaría al no pensar en nada más que la distancia que impuso entre nosotros -los de antes; los que gozábamos de un complicado romance-. Lo bueno es que el efímero destino ha ido dejando en un sendero la mayoría del daño que usted provocó el otoño que se marcho y no volverá hasta el siguiente año. Usted cree que el tiempo no me trajo al oído sus secretos, pero se equivoca, me he enterado de todo lo que le ha pasado, creame que lo siento mucho, de haberme dicho la verdad le hubiese aceptado sus errores y le habría ayudado a salir de su nostalgia; dolor que sé que todavía le duele en su interior. Sin embargo, no me reveló todas las cosas que le sucedieron, justamente eso es lo que me tiene tan molesta, que me haya mentido, que haya dudado de mi comprensión, porque, claramente le hubiese prestado mi hombro para que se lamentara de todo lo mal que lo ha pasado. No me pregunte quién me ha contado de su vida, pero debe saber ese dicho que mencionan siempre, que en esta vida todo se sabe ¿Lo ha oído en alguna ocasión?, no tiene importancia quien me ha hablado de su suerte, el hecho es que simplemente lo sé, y permitame gritarle en medio del silencio ¡No me mienta más!, ¡Detenga su maldita ley del hielo!, ¡Por favor dialoguemos sobre lo que le aqueja!. En caso contrario, si a usted le han hablado de mí, no me interesa saberlo, ya ni sé qué es verdad y qué es mentira; la gente dice tanta palabra que he llegado a dudar si acaso soy real, si acaso he caminado dormida diciendo y haciendo porque sí. Le he intentado llamar por teléfono, pero temo que no quiera contestarme, o que me conteste y cambié su tono de voz para decirme que es su hermano y que usted no sé encuentra en casa. Le he intentado llamar como antes, pero eso es pasado, y ahora no sabría como saludarle y entablar una conversación entre entes desconocidos, le quiero preguntar muchas cosas, pero su voz temblará y me preguntará si estoy demente o ebria. Mejor callar y esperar a ver si algún día nos encontramos como transeúntes y esperar a que usted no me voltee el rostro para evitarme.
No crea que aún Le amo como antes, de hecho, le confirmo desde ya que no Le quiero. Lo cierto es que no pienso en usted, pero no le puedo olvidar; totalmente paradójico, mas de cuando en cuando se viene a mi cabeza por uno u otro motivo que no comprendo, y cuando se proyecta aquella imagen, creo que Le extraño, y es que quiero recordar qué sabor tenían sus besos, pero no tengo idea, la memoria no conversa ese tipo de esencias, lo importante sería revivir el momento para reconocer aquel gusto, eso no importa, eso es imposible, porque usted no me quiere confesar el motivo por el cual me abandono sin decir absolutamente nada... ahora que reflexiono, la verdad es que no le quiero volver a besar nunca más, pues me podría enamorar otra vez, sin querer queriendo y por una mínima acción, mejor le digo desde ya que no es a usted a quien extraño, sino la sensación de sentirme amada por otro ser.
Le confieso que desde que usted no está a mi lado, me he sentido bastante sola, lo cual no digo que sea algo malo. He llegado a la conclusión de que quizás usted tenía razón cuando me decía que no le merecía, al parecer era verdad. Sabe, le entregué mucho amor, y ahora en soledad me he dado el gusto de tomarme un mayor amor propio, lo cual quiere decir que tengo tanto amor, que podría compartirlo con alguien más. Por lo tanto, no crea que yo dependo de su recuerdo, he cambiado bastantes cosas, si alguna vez me encontrara por alguna casualidad, no me reconocería, y no por la apariencia, sino por los temas de los que podríamos hablar; le cuento que he evolucionado, y mientras usted prefiere apreciar las luces parpadeantes en una fiesta, yo prefiero observar como se desliza una mano empuñada al escribir. Ya no somos los mismo de ayer, pienso que usted, al igual que yo, también ha cambiado ciertas cosas, y por lo mismo, más lejos nos hallaremos.
Sólo le pido que no me mienta más, e incluso ahora le puedo desafiar, y asegurarle que me miente al no hablarme, usted mismo se engaña, no crea que soy ignorante con respecto a ello, pero sé que aún piensa mí, y olvide lo que dije al comienzo, usted no ha olvidado mi nombre, lo sabe perfectamente, e incluso ha intentado hablarme de nuevo, pero no puede, yo lo sé, tiene un nudo en la garganta que no le deja confesarme que es orgulloso e inseguro, que tiene miedo de mi reacción, pero le juro que le comprenderé si me quiere pedir perdón por todo el dolor.
Estoy esperando a que me roben un beso, y le aclaro que no es por despecho, es por tener la esperanza de cumplir mi mar de sueños por realizar.
Le acepto que venga a las cercanías de mi hogar para que al menos me pueda decir Adiós, le espero si quiere, pero cierre este capítulo de una vez y deje de atormentarse con el pasado, aunque le advierto que soy muy débil y no soporto las despedidas, por lo cual deberá extender sus brazos para consolarme por última vez. De antemano le pido disculpas si estas palabras le rompen el corazón, pero le transmito lo único verdadero; el presente.

martes, 13 de octubre de 2009

Onírico I


Finalmente mis párpados se cerraron por costumbre y no supe más del mundo exterior... Era una tarde -al parecer de verano-, el pasto crecía limpio y verde en un sector despoblado de vicios mundanos, sólo los árboles podían ser testigos de tan magnífico paisaje. Hasta que llegamos nosotros a disfrutar de tal área, nos tiramos en el césped a reír de frases que no recuerdo. El sol se estaba por marchar, pero deseé que cuanto antes se hiciera de noche, efectivamente todo se oscureció, inclusive así lograba distinguir las siluetas de todos, pero no sé quienes eran algunos, sólo sé que todavía reían y de vez en cuando conversaban con un poco de calma, en cambio otros se pararon a caminar pero en un silencio absoluto. Tomé de la mano a uno de ellos -esta vez si tenía conocimiento de quien se trataba-, aceptó mi invitación a deambular por ahí, claramente ambos sabíamos lo que pasaría más allá, en el camino hacia ningún lugar en específico, pero callamos y no dijimos nada en el trayecto, le apreté muy fuerte su mano porque comencé a sentir un miedo intenso tras esa oscuridad que jamás había visto, pues no era una noche como otras, no caminaba para nada sola, pero él no me hablaba de nada. Puede que en algún momento haya pronunciado algo casi mudo, pero efectivamente no logré oírle, ni pude darme cuenta si acaso sus labios lograban moverse de alguna forma, para ver si podía darme señal de que transitaba consciente aún. Seguía ese gran temor presente, penetrando mi alma, de no ser por unas ramas que se movían como sombras en un ambiente lóbrego, hubiese creído estar completamente ciega de un momento a otro. No podía siquiera levantar la vista para divisar las estrellas, pues nunca supe si en aquella noche existieron en el cielo, que por cierto, tampoco logré notar. No fue largo el trayecto a lo desconocido, pero el pánico me tenía viviendo los segundos como horas y horas de fatiga. De pronto nos encontramos con un destello que brillaba frente a nosotros -ni idea de como llegó a ocurrir esa repentina aparición-, luego de acercarnos un poco más notamos que era una casa, pintada de cual nieve recién caída. Un impulso nos llevó a entrar a ese hogar deshabitado, todavía en un silencio agobiante. Descubrimos que no era una casa como teníamos entendido -claro que las suposiciones estaban sólo dentro de nuestro interior y no dimos cuenta de ello a través de comunicación alguna-, al contrario de aquella conclusión, se trataba de una capilla -eso sí, no existía nadie más que nosotros dos-, tenía flores frescas al rededor, símbolos religiosos por doquier, uno que otro banco, pero lo más impresionante era la luz intensa que allí había, y que más se resaltaba gracias a sus blancas paredes. No sé en que instante ya nos encontrabamos frente a un pequeño altar, supuestamente podíamos leernos la mente, por tanto, no había necesidad de anunciar la siguiente acción, pues ya teníamos conocimiento de antemano; que él debía abrazarme con dulzura. Me abrazó, y al fin, por mi parte, rompí el hielo y logré pronunciar palabras que sí recuerdo con exactitud; -¿Puedes rezar por mí?- le pregunté-, él no me contestó absolutamente nada, pero al cabo de unos cuantos segundos puso sus manos en mi espalda y me abrazó aún con mayor intensidad, entonces comenzó a rezar tal cual lo solicité. No recuerdo que oración transmitía, pero noté que en su voz había pasión al pedir una cura divina para mí, mientras yo apoyaba mi cabeza en su pecho, logré sentir casi dentro de mi cuerpo su respiración que me logro dejar sin pensamientos ni consciencia de nada, aunque sólo por un segundo fugaz de total paz. Pero de nuevo volvió el miedo, pero esta vez la angustia se hizo más fuerte que la del camino, había una situación que me tenía así de exaltada y débil -motivo que tampoco logro recordar-, me eché a llorar, él seguía rezando y no se detuvo en ningún momento aun oyendo mis sollozos, hasta que acabo. En señal de calma, y todavía cobijada entre sus brazos, me besó la frente con tal ternura que mi llanto se fue desvaneciendo de a poco y la desesperación ya sólo se hallaba impregnada en un trozo de mi alma que estaba apegada a su cuerpo buscando algo de seguridad; como si fuese la única salvación en el mundo para todos los males. Algo sucedió, nuevamente, en una imagen veloz, estabamos situados en el mismo camino -la capilla había desaparecido de nuestras vistas extrañamente-, lo distinto es que esta vez no sentía ni miedo ni felicidad, ya no tenía miedo de la noche, puesto que una luz emanaba del borde los árboles, inclusive lograba mirar un poco de cielo, suficiente como para ver a quien me acompañó todo el tiempo silenciosamente y le oí sólo cuando rezó por mí. Dirigí mi mirada hacia su boca, que parecía resaltar de un color singular que le pedía algo a la mía, me miraba a los ojos, pero siempre en silencio, y en esta ocasión acepté con cariño su falta de vocablo. Le robé un beso de novela, totalmente pasional, y sin importarnos el resto de la noche, nos guíamos a un rincón repleto de ramas secas, comenzó a explorarme con las manos por cada tramo de piel que no conocía de mí, sentí aquéllo que llamamos lujuría, y de un momento a otro ya no veía nada, sólo un inmenso vacío, escuché ciertas entonaciones, sabía que aún estaba viva, pero ya no podía tocar ni ver cuestión alguna, aunque podía advertir que mi conciencia, confusa, seguía allí buscando alguna respuesta; una dimensión desconocida... desperté, estaba tendida en mi cama, la ventana me indicó que el día seguía existiendo, y que no me había perdido en la oscuridad como en la anterior noche.

domingo, 4 de octubre de 2009

De lo negativo.


Siguiendo una convicción; no cambiaré mi versión de los hechos, pues no he perdido la memoria para inventar algo nuevo y sé que he dicho la verdad, a pesar de que han cambiando todo dicho por mí, y es que cuando comuniqué algo (que tenía mucho miedo de los actos de una persona), mis palabras pasaron de persona en persona hasta que toda frase quedo en una eterna distorsión, por lo cual ya no era mi historia la que se contaba, sino que la versión que se creo gracias a la percepción de otros. Ha ocurrido que con el pasar del tiempo, por ejemplo, a través de los medios es fácil manipular información, le agregan más tragedia de la cuenta u ocultan la verdad para alivianar la situación, la que se deja ver de a poco si pasan los meses o los años.
Me han hecho sentir como una sonámbula, no tengo idea si he dicho cosas dormida, tal vez sí, tal vez no, pero no sé que pesadilla pudo haber sido... volviendo a la realidad, no me considero una persona dañina, pero no toda la gente ve nuestros actos con los mismos ojos, pues hay daño que se causa sin intención, o las personas lo ven como algo intencional puesto que desde la rabia todo se ve como sólo ella lo quiere ver; la rabia es un mal trance, nos hace hablar lo que en la calma no nos atreveríamos a decir por el sólo hecho de que no buscamos quitarle su verdad o sus razones al otro. El diálogo es la mejor manera de llegar a un consenso con quienes buscan culparnos de algo con o sin causa, inclusive así tengo pena... En la ciudad nadie se detiene a mirarnos a los ojos, se dirigen con apuro hacia ningún lugar, si se pierde la verdad llega la hora de gritar, y si aquel aullido no se oye, llega la violencia para, supuestamente, arreglar las cosas por la fuerza y mantener el orgullo (sí, también el poder). Asumo que no tengo fuerza alguna en las manos y tampoco me he dejado crecer las uñas para rasguñar; me mantiene la idea de que todavía no es tarde para que los enemigos se sienten en las sillas de un bar, tomen un café sin azúcar para quitar la expresión de la furia, dialoguen por primera vez (pues todo el tiempo estuvieron gritando), hasta llegar a la paz que hace hasta brillar la esencia de las personas, y finalmente, un trago para brindar... Es fácil soñar, por ende, no me cuesta creer que podamos amar lo que hemos odiado por mucho tiempo, sin darnos cuenta que en el fondo tenía una luz para nosotros, o bien, una sonrisa para purificar tanto mente como corazón. Es linda la vida, al fin y al cabo, pero quien guarda rencor, se carga una bolsa de basura sobre la cabeza, que al término, derrumba a cualquier sujeto de mala sangre. Por ello, puedo decir que no conozco la palabra odio en toda su magnitud, lo que sí, he tenido rabia e impotencia, pero todo fue pasajero, colectivo, como el estrés. He sentido ganas de abrazar y calmar a quienes me han dañado y se han equivocado conmigo, y es que no hay nada mejor que quitar las espinas del corazón, el polvo de los ojos, pero es algo difícil de hacer, cualquier creería que probablemente es una burla; no quiero que me escupan en la cara... Sin embargo, le temo al odio y la locura de los hombres, por estos días ocurre que algunos salen a la calle con armas, tal como sacar a un perro bravo a pasear por las calles, sin bozal ni vacunas, pero en vez de mordeduras, hay muerte para algunos transeúntes que perecen por tener un poco de dinero y un celular, o bien, porque otros llevaron la venganza al extremo... Los mayas dijeron que el mundo se acabará el año 2012, por ahí un día de diciembre, el 21... yo no sé si eso en verdad ocurrirá... no tengo el don de adivinar, no he comprado ni asegurado mi futuro, pero sé que a pesar de ello, es evidente que los hombres se destruyen entre sí, y a la vez, por querer derrotar a otros, se aprovechan de los regalos de la tierra y los usan para su utilidad de ganar y ganar con fines lucrativos; al final el dinero nunca se conserva, recorre manos que muchas veces ni siquiera necesitan más de éste, y sin embargo, continúan el círculo vicioso de dejar a otros humanos desposeídos y sin nada más que la vida y un vestuario... otra cosa, cómo es posible, que ya ni bajo los árboles encontremos sombra... nos vamos a evaporar, se ha hecho suficiente como para ir acabando con el mundo, sin mayores predicciones. Comienzo a sentir sed, queda poca agua, espero no presenciar una guerra por ello... ha salido el sol, pero el cielo sigue gris, el smog se ha convertido en una nube más... ya no puedo caminar de noche, hasta de día se hace un poco complicado; la maldad ha salido a la calle disfrazada de hombres y mujeres sin conciencia... no he podido mirar las estrellas en este sitio, algo está tapando el cielo puro... podemos hablar de sana diversión, pero siempre está como segundo plan traer el alcohol, las drogas y el tabaco; vicios que se han apoderado de casi todas las edades. Puedo querer tanto bien para los demás, pero soy sólo una humana, y lidiar con toda la gente del mundo, es imposible. Aun así, un grano de arena puede ayudar aunque sea un poco; vivimos en sociedad.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Pensamiento, no corazón.


Y descubrí que no tenía nada en el corazón, tan sólo un músculo más para no morir. De pronto me di cuenta que todo estaba en mi mente, no era su existencia por la cual sufría, fue por la imagen que mi mente idealizado de él, y creí que era casi perfecto, pues meticulosamente fui borrando sus defectos con mi imaginación. Cómo explico que no fueron las cosas del amor; estaba dominada por mi pensamiento, que fue tan intenso que hasta vida creció en mi estómago; mariposas, o quizás me trague una mientras tanto me perdía en los recuerdos de piel. El hecho de pensar demasiado me engaño, creé una fantasía en el cuerpo, en la cual, cada vez que lo tenía cerca la sangre bailaba en mi interior como en un trance, comenzaban a temblar mis manos... pero al fin y al cabo fue solo el poder de la mente, en tal caso de suponer que podía morir a su lado porque sentía una nausea inigualable. Existía un tipo de atracción, y claro está que su corazón no me llamaba... algo se impregnó en mi vista, creo que fue su mirada, la que quiso consumir mis ojos en más de una ocasión, sólo fue un acercamiento, ese amor que siente el cuerpo, y por ningún motivo el desconforme corazón, sólo el vértigo de probar uno de los pecados que habitan en la carne viva. No fue amor... no quería el bien común; pensé que él le haría bien a mi alma, pero no que su felicidad constaba de olvidarme y perderme en sus recuerdos inertes. Si el ser humano, racionalmente, busca poder, por el hecho de pensar y no sentir, ocurrió que me invadió cierta obsesión por retenerlo y no dejarlo escapar, por orgullo, por costumbre, para guardar una simple idea de que juntos éramos algo, y que separados, tan sólo podríamos ser enemigos, o simplemente, odiarnos por supuestamente no querernos...


(...)

-¿Qué sientes ahora?.

-Nada.
-Entonces, ¿no me quieres?
-Ni siquiera.
-¿Cómo?.
-Encontré la verdad, lo que creí sentir no era nada más que un pensamiento que me hizo alucinar y soñar tantas cosas en medio del subconsciente de crear nuevas oportunidades para vivir algo diferente... la nostalgia se hace fuerte a tu lado, pero esa era una situación que yo misma estaba inventando al creer todo lo que hacías era lo correcto. Volví en mí, y al usar la razón como fuerte de todo, me dispuse a no pensar en ti de la misma manera, aunque es inhumano decir que nunca más te recordaré, porque hay fotografías en la mente que jamás pierden sus colores... Por cierto... ¿Cómo te llamabas?
-Ya da lo mismo...

sábado, 27 de junio de 2009

Infiel.


Lloró toda la noche, a duras penas durmió uno que otro minuto. Despertaba a cada instante con esa pesadilla hecha realidad pegada en sus ojos, y entre sudor y lágrimas, su cama parecía un lecho en medio de la una lluvia tan intensa como su pena.
Cuando el sol estaba saliendo y penetrando sus cortinas cerradas, al fin logró conciliar el sueño y hacer descansar sus ojeras fantasmales. Mientras dormía, parecía una muñeca de porcelana, pero con la angustia que traía encima, esta vez seguía siendo una muñeca, pero deshecha por los años y maquillada con su ánimo destruido por amor.

- Ábreme la puerta... Sé que estás ahí. Dijo Alejandro, con la voz llena de miedo y su mano izquierda repleta de rosas azules, y con su mano libre de objetos pero llenita de objetivos, tocó la puerta con tal ternura que parecía estas pidiendo disculpas antes de tiempo.
- Ahora vienes... Espera un poco. Respondió Helena, con un tono orgulloso, pero en su garganta se estancaba un nudo de lágrimas, como para continuar el cuando que dejo a medias en la noche. No sabía que diría al dejarlo entras a su habitación impregnada de decepción y olor a humillaciones, Helena daba por seguro que vería a Alejandro con su cara de perro arrepentido volviendo a su ama. Lo malo, es que éste no era un perro fiel...

Helena se vestía con lentitud para hacerlo esperar, luego se aseaba con rabia, por no poder limpiar los rastros que dejo el dolor, al menos el maquillaje hacia uno que otro buen acto para tapar su cara seca, por la falta de su rubor natural; en momento como aquellos, sus mejillas ya no eran rosaditas como en las tardes de goce, cuando su novio la llevaba de la mano como si nunca la fuese a liberar de esa dulce prisión. Mientras Helena se empeñaba en verse hermosa como de costumbre, Alejandro esperaba tras la puerta, mirando el reloj a cada instante, contando los minutos, y echaba raíces con el castigo que Helena le daba, haciéndolo esperar y esperar para que su conciencia se llenara de remordimientos. Se tomaba la cabeza con desesperación, mirando el techo blanco teñido de gris, como si de allí le fuese a caer una solución divina... Y de tantas veces, eso nunca pasó.

Después de un largo suspenso entre el perdón y el orgullo, Helena abrió la puerta y Alejando le entregó las rosas, observándola detenidamente con su cara de animal arrepentido. Helena recibió las rosas, en su mirada había una mezcla de amor y odio, pero de inmediato arrojó las flores al piso y justificó esa acción diciéndole a Alejandro que esas rosas no sobrevivirían en el jardín tan podrido que ambos habían construido; al oír esto, Alejandro dejo caer una lágrima que parecía de cristal, entonces Helena lo volvió a mirar, pero esta vez su mirada no contenía nada odio, por el contrario, sus ojos se iluminaban de un amor que apenas le caía en todo el cuerpo. Le secó la lágrima con su delicada mano hecha de plumas y vida. Pasaron unos cuantos minutos, Alejandro dio un largo suspiro, luego tomó aire con fuerza, para no quebrarse de rabia y vergüenza...

- No fue mi intención, yo...
- No quiero saber detalles, no me digas nada, estas historias ya son parte de nuestra historia. Interrumpió Helena con una voz envuelta de indignación.
- Es que soy hombre, de esos que se dejan llevar. Tú no entiendes, mi vida, mi sexo es más fuerte que mi corazón. Argumentó Alejandro, tratando de justificar los errores que cometía con sus cinco sentidos bien puestos...
- Si entiendo lo que dices, también entiendo que seas un idiota, y a la vez, comprendo que eres un asesino.
- ¿¡Asesino!?, qué cosas dices...
- Digo que eres un asesino, y con justa razón. ¡Porque estás matando nuestra relación!. Y se dirigió a su cama, se echó a llorar como tempestad en pleno invierno.
Las manos de Alejandro temblaban, no soportaba verla así, le daba impotencia estar conciente de que él era el culpable de la constante pena de su engañada novia. Se acercó a la cama, y se sentó en una orilla, Helena lloraba y lloraba, se tapaba la cara de pura ira y vergüenza de estar en ese estado, al borde de morir de amor. Alejandro buscó una de las manos de Helena entre el cabello desordenado que caía en su rostro que hervía de rabia y pena. Tomó su mano con fuerza para no recibir una cachetada imprevista de su novia, presa de la desesperación y el pánico a un cierre definitivo, un quiebre inevitable.

- No te soltaré, no es necesario que respondas, tan sólo escúchame si puedes salir de tus pesadillas con los ojos abiertos... De todos las veces, mi intención nunca fue serte infiel, tan sólo las cosas pasan sin que me de cuenta. Cuando me domina el deseo, no puedo hacer nada, es algo que se escapa de mis manos, son mis demonios lo que me obligan a pecar. Pero yo Te amo a ti; no hay mujer en el mundo que con su seducción logre sacarte de mi corazón. Es que tú eres mi copo de nieve, siempre fría y blanca, majestuosa como un paisaje de invierno. Ahora la mayoría, una noche o dos, y después hace lo mismo, pero con otros, pero yo sé que tú estarás todas las noches de mi vida, y juro que pediré ayuda, ya no quiero engañarte con otras, que no valen nada para mí... Admito que soy un patán, pero yo no quiero dañar tu corazón de oro... Y tienes razón, soy un asesino, un maldito y estúpido asesino...
Con esas palabras Alejandro terminó su discurso amoroso, las lágrimas de Helena se secaban con el dulce aliento de su amado. Helena estaba exhausta después de una noche de lamentos y una mañana de llantos esperados, tras oír con atención las declaraciones de su novio, sonrió, el cansancio la venció, y antes de convertirse en una muñeca de porcelana, miró a su Alejandro, aún con los ojos húmedos, le dijo cuanto lo amaba y se puso a dormir como un bebé satisfecho y llenito de amor...

... Aunque ese día no era gran novedad, esos engaños sucedían dos o tres veces al mes, las discusiones intoxicaban el aire de la casa, pero siempre las disculpas de Alejandro convencía a Helena y todo volvía a la calma, hasta que de nuevo comenzaba el ciclo de la eterna infidelidad... Y yo no sé, si ahora ser fiel es una virtud o un milagro, ó quién sabe. Pero cada uno es fiel en la medida que deseé serlo... A menos que el cuerpo no responda.

Tiempo, entre otras cosas, Adiós.


Me faltan días para olvidarte,
no es suficiente un rato de sufrimiento,
un día no tiene tantas horas como para sacarte de mi cabeza,
un mes no tiene tantos días para sacarte de mi corazón,
una vida entera no tiene tantos momentos como para olvidarte por completos,
las horas no son horas cuando falta que tú detengas mi tiempo con tan sólo un beso de tu boca maldita que no quiere complacerme.
Y yo me quedo aquí, sola como una estrella perdida en la mañana,
y tú estás allá; quién sabe dónde, y quién te quitará los males y te robará el aliento, qué manos borrarán las pocas huellas que dejé en ti, qué despreciable silueta se desdibujará en tu cama de sabanas peligrosas y almohadas repletas de sueños.
El reloj no alcanza a contar todas las horas en que he desvelado mi paz, y cuando descansa, es porque mi corazón se ha escondido entre estas paredes para fingir que ya no me importa irritante y cruel desprecio.
El reloj es un círculo vacío, los números son signos que huyen de lo común; hasta el tiempo tiene miedo de lo terca que soy, cómo no me tomo un día con más horas de la cuenta para al fin tomar la decisión de sacarte de mi mente en pequeñas dosis de razonamiento.
Tiempo al tiempo,
desprecio tu desprecio,
silencio a las declaraciones,
borrones a las palabras,
Adiós amor, Adiós te escribo, porque ya no Me amas, porque ya no somos cómplices de la pasión que murió en tus ojos.
Necesito tiempo, que este Adiós me parece absurdo, pero lo que no tengo, tiempo para entender que yo soy para ti, pero tú eres para cualquier otra. Pero en tus ojos vi el amor un día soleado de aire frío, pero de todos modos Adiós. De todos modos tus ojos mintieron, pero eso me voy, porque ya no vendrás por mí... Por eso Adiós, y antes de un punto final, un beso en la ausencia de tu frente, por si quieres dar tregua a esta guerra fría.

lunes, 22 de junio de 2009

Cigarro


El humo me entraba por la ropa, me dejaba su recuerdo con ese aroma penetrante, y entre mi pelo desaparecían las nubes fugaces que salían de su boca, con qué potencia la niebla atacaba a mi cabeza, hasta provocar una puntada que se esfumaba a medida que el cigarro iba agonizando en medio de sus dedos. Lo miraba con los ojos bien brillantes, por un lado, iluminados de amor, y por otro, llorosos de irritación por esa nubecita tóxica, era el espejo perfecto para que se reflejara su serenidad a la hora de fumar. Se veía precioso, realizando una y otra vez el mismo movimiento, llevando era bomba de tiempo a sus labios, y ver como el humo jugaba con su cuello y su respiración, era un placer. Me hubiese pasado una tarde entera mirándolo con esa llamita en sus manos, mientras me hablaba de la vida o simplemente me observaba a través del aire sucio, y no me hubiese importando que mis ojos se hicieran agua, o que mi cabeza estallara con ese veneno de manos inconclusas. Por unos minutos se apagaban sus pasiones, parecía que la vida se le iba en aquel gusto; se apagaban sus pasiones y prendía el encendedor, y con ese sonido casi mágico comenzaba el acto de inhalar y votar un humo de fiestas nocturnas, claro, no tenía importancia que mis pulmones volaran como globos deshechos por la carencia de aire. Después, el sol se caía a cenizas, ese diminuto núcleo de llamas, con lástima se suicidaba hasta hacerse parte de la tierra, entonces ahí, me volvía a besar, y en mi lengua dejaba un gusto a tabaco que siempre saboreaba con ternura, o bien, con pasión; esa pasión que muchas veces nació cuando empezaba la comunicación de sus manos y mi cuerpo ansioso de no perder ese amor que se plasmaba en cada centímetro de piel.
Ahora que no está, y quizá no sabe que aún existo para él, qué ganas tengo de ser uno de sus miles de cigarros, y así, sentir que me consume hasta el final, verlo en la calma absoluta, sin que sepa de mi destrucción y mi última luz que brillará por él.